Artículo 02A — ¿Cómo es Dios? Conociendo al Dios verdadero a la luz de las Escrituras
Serie: Fundamentos de la fe cristiana
Introducción: ¿Cómo es Dios?
En el artículo anterior, «¿Quién es Dios? Fundamentos de la fe cristiana» establecimos que existe un solo Dios verdadero, eterno e independiente de Su creación.
Pero conocer que Dios existe no responde por completo a la pregunta acerca de quién es Él. También necesitamos comprender qué enseñan las Escrituras acerca de Su naturaleza y de las perfecciones que caracterizan Su ser. Esta distinción es importante porque, a lo largo de la historia, los seres humanos han atribuido a Dios características tomadas de sus propias experiencias, emociones y limitaciones.
Algunos imaginan a Dios como un ser semejante al ser humano, aunque dotado de un poder extraordinario. Otros lo conciben como una fuerza impersonal, incapaz de conocer, amar o relacionarse con Sus criaturas. La Biblia presenta una realidad diferente.
Dios no es un ser humano engrandecido ni una energía impersonal. Es el Creador eterno, espiritual, personal, santo, justo, amoroso y perfecto en todo Su ser.
Para comprender esta enseñanza, comenzaremos distinguiendo dos conceptos fundamentales.
La naturaleza de Dios y Sus atributos
Cuando hablamos de la naturaleza de Dios, nos referimos a lo que Dios es en Su propio ser. En cuanto a Sus atributos, nos referimos a las perfecciones que las Escrituras revelan acerca de Él.
Por ejemplo, afirmar que Dios es espíritu constituye una enseñanza acerca de Su naturaleza. Afirmar que Dios es santo, justo, sabio y amoroso expresa perfecciones que caracterizan Su ser. Sin embargo, esta distinción no significa que Dios esté compuesto por diferentes partes o cualidades independientes. No debemos imaginar que Dios posee una parte de santidad, otra de justicia y otra de amor.
Dios es uno en Su ser, y Sus atributos no existen separadamente de Él.
La teología cristiana ha utilizado distintas categorías para organizar el estudio de estos atributos. Una clasificación tradicional distingue entre atributos incomunicables y comunicables.
Los primeros designan perfecciones que pertenecen exclusivamente a Dios, como Su independencia y eternidad. Los segundos describen perfecciones que encuentran ciertos reflejos limitados en las criaturas humanas, como el amor, la justicia y la sabiduría. Esta clasificación puede resultar útil, pero requiere una aclaración. No significa que los seres humanos poseamos los atributos divinos de la misma manera que Dios.
¿Cómo es Dios? Por ejemplo, Dios es perfectamente santo y amoroso. Nosotros somos llamados a vivir en santidad y amor, pero nuestra condición de criaturas significa que esas cualidades nunca nos convierten en seres divinos. Estas categorías son herramientas teológicas para organizar la enseñanza bíblica, no divisiones existentes dentro del ser de Dios.
Dios es espíritu
Jesús declaró durante Su conversación con la mujer samaritana:
- «Dios es espíritu, y los que lo adoran deben adorar en espíritu y en verdad».
— Juan 4:24.
Esta afirmación aparece en un contexto donde la mujer samaritana plantea una controversia acerca del lugar correcto para adorar a Dios. Jesús dirige la conversación hacia una comprensión más profunda de la verdadera adoración. Su enseñanza no consiste simplemente en indicar que Dios puede ser adorado en diferentes lugares. Al afirmar que Dios es espíritu, revela una verdad acerca de Su naturaleza.
Dios no es un ser material ni está constituido por un cuerpo físico como los seres humanos.
Por tanto, no debemos imaginarlo como una criatura de dimensiones extraordinarias que ocupa un espacio determinado. Esto no significa que Dios sea irreal o que carezca de existencia personal.
La naturaleza espiritual de Dios no disminuye Su realidad. Por el contrario, nos recuerda que Su existencia es diferente de la existencia material de Sus criaturas. También debemos interpretar cuidadosamente los pasajes bíblicos que describen los ojos, las manos o el brazo de Dios. Estas expresiones aparecen frecuentemente como formas de lenguaje que permiten comunicar verdades acerca de Su conocimiento, poder y acción.
Por ejemplo, cuando las Escrituras hablan del brazo poderoso de Dios, no necesariamente están describiendo una extremidad física. Pueden estar expresando Su capacidad para actuar con poder. La interpretación debe considerar siempre el contexto y el género literario.
Es importante añadir otra distinción: la afirmación de que Dios es espíritu no niega la encarnación de Jesucristo. El Hijo eterno de Dios asumió una verdadera naturaleza humana. Esta verdad será desarrollada en el estudio de la persona de Jesucristo. Por ahora debemos conservar la enseñanza de Juan 4:24: Dios es espíritu y debe ser adorado conforme a la verdad que Él ha revelado.
Dios es personal
Afirmar que Dios es espíritu no significa que sea una fuerza impersonal. Las Escrituras presentan a Dios como Aquel que conoce, habla, quiere, ama, juzga y actúa. El profeta Jeremías registra estas palabras del SEÑOR:
- «Pues Yo soy el SEÑOR que hago misericordia, Derecho y justicia en la tierra, Porque en estas cosas me complazco».
— Jeremías 9:24.
¿Cómo es Dios de acuerdo con este pasaje? Presenta a Dios como un ser que actúa con propósito y expresa aquello en lo que se complace. La Biblia no describe a Dios como una energía inconsciente que produce determinados efectos en el universo. Lo presenta como un ser personal que se comunica con Sus criaturas y obra conforme a Su voluntad.
Aquí debemos precisar el significado de la palabra personal. En el lenguaje cotidiano, solemos asociar la personalidad con las características psicológicas de los seres humanos. Sin embargo, cuando afirmamos que Dios es personal, no queremos decir que posea una personalidad humana limitada. Queremos expresar que Dios no es una realidad impersonal: conoce, tiene voluntad y se relaciona de manera consciente e intencional.
Esta enseñanza también prepara el camino para comprender la doctrina de la Trinidad. Aunque existe un solo Dios, las Escrituras distinguen al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Por tanto, debemos evitar interpretar la afirmación «Dios es personal» como si resolviera por sí sola la cuestión de las personas divinas.Dios es un ser personal, pero Su naturaleza no debe reducirse a los límites de nuestra experiencia humana.
Dios es santo
Uno de los atributos más destacados en las Escrituras es la santidad de Dios. El profeta Isaías describe una visión en la que los serafines proclaman:
- «Santo, Santo, Santo, es el SEÑOR de los ejércitos, Llena está toda la tierra de Su gloria».
— Isaías 6:3.
La repetición de la palabra santo destaca solemnemente esta perfección divina. En su contexto, Isaías contempla la majestad del SEÑOR y reconoce su propia condición pecaminosa. La santidad de Dios expresa Su absoluta pureza moral y Su condición incomparable y exaltada sobre todo lo creado.
Dios no participa del pecado ni puede ser considerado moralmente imperfecto. Sin embargo, Su santidad no debe entenderse solamente como ausencia de maldad. También comunica que Dios es incomparablemente distinto de las criaturas y digno de reverencia y adoración. La santidad divina tiene consecuencias para nuestra comprensión de la vida cristiana. El apóstol Pedro escribe:
- «sino que así como Aquel que los llamó es Santo, así también sean ustedes santos en toda su manera de vivir».
— 1 Pedro 1:15.
La exhortación no significa que los creyentes puedan alcanzar la naturaleza divina o convertirse en seres absolutamente perfectos por sus propios esfuerzos. Significa que la santidad de Dios constituye el fundamento del llamado a una vida apartada del pecado y dedicada a Él.
Dios es santo por naturaleza; los creyentes son llamados a vivir en santidad como respuesta a Su llamado.
Dios es justo
La Biblia también presenta a Dios como perfectamente justo. Moisés declara:
- «¡La Roca! Su obra es perfecta, Porque todos Sus caminos son justos; Dios de fidelidad y sin injusticia,
Justo y recto es Él».
— Deuteronomio 32:4.
Esta afirmación forma parte de un cántico que exalta la fidelidad y la rectitud de Dios. La justicia divina significa que Dios siempre obra conforme a Su naturaleza recta y perfecta. No actúa con corrupción, arbitrariedad moral o injusticia. Sus juicios son rectos, aun cuando los seres humanos no comprendamos plenamente todas Sus decisiones. La justicia de Dios también nos ayuda a comprender por qué el pecado constituye un asunto serio.
Si Dios es justo, no podemos considerar el mal como una realidad moralmente indiferente. La Biblia enseña que Dios distingue entre el bien y el mal y que Sus juicios no son equivalentes a las opiniones cambiantes de los seres humanos. Sin embargo, debemos evitar representar la justicia divina como si fuera una fuerza independiente que obligara a Dios a actuar desde fuera de Su propio ser.
Dios es justo porque la justicia pertenece a Su naturaleza perfecta.
Su justicia no compite con Sus demás atributos. Esta observación será especialmente importante cuando examinemos el amor y la misericordia de Dios.
Dios es amor
El apóstol Juan declara:
- «El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor».
— 1 Juan 4:8.
Esta afirmación es una de las expresiones más conocidas de las Escrituras. Sin embargo, también es una de las que requieren mayor cuidado interpretativo.
Juan no enseña que cualquier sentimiento al que los seres humanos llamen amor deba identificarse automáticamente con Dios. Tampoco afirma que el amor sea una realidad superior a Dios o independiente de Él. El texto enseña que el amor pertenece a la naturaleza divina.
Para comprender su significado debemos considerar el contexto. Unos versículos después, Juan explica:
- «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros y envió a Su Hijo como propiciación por nuestros pecados».
— 1 Juan 4:10.
El amor de Dios no se presenta como una emoción abstracta. Se manifiesta de manera concreta en Su iniciativa salvadora mediante Jesucristo. Esta enseñanza conecta directamente con el primer artículo de nuestra serie. Allí establecimos que el Evangelio anuncia lo que Dios ha hecho para reconciliar al ser humano consigo mismo. Ahora comprendemos que esa iniciativa revela Su amor. Pero debemos conservar una distinción doctrinal indispensable.
El amor de Dios no anula Su santidad ni Su justicia.
Dios no deja de ser santo cuando ama al pecador, ni deja de ser justo cuando manifiesta misericordia. Sus atributos no se contradicen. Por tanto, no debemos construir una imagen de Dios en la que Su amor sea utilizado para negar otras enseñanzas bíblicas acerca de Su carácter. El Dios que ama es el mismo Dios que es santo y justo.
Dios es omnisciente, omnipotente y omnipresente
Las Escrituras también presentan a Dios como perfecto en Su conocimiento, Su poder y Su presencia. La teología utiliza tres términos tradicionales para organizar estas enseñanzas.
Omnisciencia
Dios conoce todas las cosas. El apóstol Juan declara:
- «Porque Dios es mayor que nuestro corazón y sabe todas las cosas».
— 1 Juan 3:20.
En su contexto, Juan está tratando la confianza del creyente delante de Dios. La afirmación acerca del conocimiento divino nos permite reconocer que nada escapa a Su conocimiento. Dios no necesita aprender mediante los mismos procesos que caracterizan al ser humano. Su conocimiento no es parcial ni está limitado por la ignorancia.
Omnipotencia
Dios posee todo poder. El profeta Jeremías declara:
- «¡Ah, Señor DIOS! Ciertamente, Tú hiciste los cielos y la tierra con Tu gran poder y con Tu brazo extendido. Nada es demasiado difícil para Ti».
— Jeremías 32:17.
El contexto destaca el poder de Dios como Creador y la confianza en Su capacidad para cumplir Sus propósitos. La omnipotencia no significa que Dios pueda actuar en contradicción con Su propia naturaleza.
Por ejemplo, la Biblia enseña que Dios no puede mentir (Tito 1:2). Esto no constituye una deficiencia de poder, sino una expresión de Su perfección moral. Por tanto, afirmar que Dios es omnipotente significa que posee todo el poder necesario para realizar cuanto es conforme a Su naturaleza y voluntad.
Omnipresencia
Dios no está limitado a un lugar como lo están Sus criaturas. El salmista pregunta:
- «¿Adónde me iré de Tu Espíritu, O adónde huiré de Tu presencia?».
— Salmo 139:7.
El desarrollo del salmo muestra que ningún lugar queda fuera de la presencia de Dios.
Esto no significa que Dios sea idéntico al universo ni que esté compuesto por partes distribuidas a través del espacio. Significa que ninguna región de la creación queda fuera de Su presencia y conocimiento.
Los atributos de Dios no se contradicen: ¿Cómo es Dios?
Después de examinar estas perfecciones, debemos evitar un error frecuente: imaginar que los atributos divinos compiten entre sí. Por ejemplo, algunas personas presentan el amor y la justicia de Dios como si fueran dos fuerzas opuestas. Otras destacan Su poder, pero olvidan Su santidad.
También es posible enfatizar Su misericordia de tal manera que Su rectitud quede prácticamente excluida. Estas representaciones producen una comprensión fragmentada de Dios.
Las Escrituras, en cambio, presentan al único Dios verdadero como perfectamente santo, justo, amoroso, sabio y poderoso. No existen varios dioses representando diferentes atributos. Tampoco existe un Dios que unas veces actúe conforme a una perfección y otras veces deba abandonar alguna de ellas.
Todo lo que Dios es y hace corresponde a la perfección de Su naturaleza.
Esto no significa que podamos explicar exhaustivamente cómo se relacionan todos Sus atributos en cada acto divino. Significa que no debemos atribuirle contradicciones morales ni imaginar divisiones dentro de Su ser. La revelación bíblica debe orientar nuestra comprensión de Dios, incluso cuando nuestras categorías humanas resulten insuficientes para abarcar toda Su grandeza.
¿Qué significa conocer cómo es Dios?
Las enseñanzas acerca de la naturaleza y los atributos de Dios no tienen como propósito satisfacer únicamente nuestra curiosidad intelectual. Nos ayudan a comprender quién es Aquel que se ha revelado y cómo debemos responder ante Él.
Si Dios es espíritu, no debemos reducirlo a una representación material. Cuando afirmamos que Dios es personal, podemos comprender que Su revelación no procede de una fuerza impersonal. Si Él es santo, debemos reconocer la gravedad del pecado y Su llamado a una vida santa.
Podemos confiar en la rectitud de Sus juicios, cuando afirmamos que Él es justo. Si Dios es amor, podemos reconocer Su iniciativa misericordiosa manifestada en Jesucristo. Y si afirmamos que es omnisciente, omnipotente y omnipresente, debemos recordar que ninguna limitación humana puede imponerse sobre Su conocimiento, Su poder o Su presencia.
Estas verdades no deben producir arrogancia intelectual. Por el contrario, deben conducirnos a la humildad, la reverencia y la adoración. Conocer lo que Dios ha revelado acerca de Sí mismo significa reconocer que nuestra comprensión debe permanecer subordinada a Su Palabra.
¿Qué podemos concluir acerca de la naturaleza y los atributos de Dios?
Podemos reunir las enseñanzas estudiadas en cinco afirmaciones fundamentales.
- Primera: Dios es espíritu. Su naturaleza no es material ni está limitada como la de las criaturas.
- Segunda: Dios es personal. Conoce, quiere, habla y actúa, pero no debe ser reducido a las características limitadas de la personalidad humana.
- Tercera: Dios es santo, justo y amoroso. Estas perfecciones pertenecen a Su naturaleza y no se contradicen.
- Cuarta: Dios es omnisciente, omnipotente y omnipresente. Su conocimiento, poder y presencia no están sujetos a las limitaciones propias de los seres creados.
- Quinta: los atributos divinos no constituyen partes independientes de Dios. Son perfecciones mediante las cuales las Escrituras nos permiten conocer verdaderamente al único Dios.
Estas enseñanzas amplían nuestra comprensión de Su identidad. Sin embargo, todavía debemos examinar una verdad fundamental de la revelación cristiana. Las Escrituras enseñan que existe un solo Dios verdadero, pero también distinguen al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
¿Cómo debemos comprender estas afirmaciones sin negar la unicidad divina? Esta pregunta nos conduce al siguiente apartado:
1. Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo
¿Cómo es Dios?
En los apartados anteriores establecimos que existe un solo Dios verdadero, eterno, independiente, espiritual y perfecto en todos Sus atributos. Sin embargo, al estudiar las Escrituras encontramos una enseñanza que requiere especial atención.
La Biblia afirma que Dios es uno, pero también presenta al Padre como Dios, al Hijo como Dios y al Espíritu Santo como Dios. Al mismo tiempo, distingue personalmente al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. ¿Cómo debemos comprender estas afirmaciones? La doctrina cristiana de la Trinidad procura expresar fielmente estas verdades reveladas.
Existe un solo Dios verdadero que subsiste eternamente en tres personas distintas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Cada persona es plenamente Dios, pero no existen tres dioses, sino uno solo.
Esta afirmación constituye el punto de partida de nuestro estudio.
La doctrina de la Trinidad tiene su fundamento en las Escrituras
La palabra Trinidad no aparece en el texto bíblico. Sin embargo, la ausencia de un término teológico no significa necesariamente que la enseñanza expresada mediante él carezca de fundamento bíblico. La teología cristiana utiliza diferentes expresiones para organizar y explicar doctrinas presentes en las Escrituras.
Como hemos señalado anteriormente, lo importante no consiste únicamente en determinar si una palabra aparece literalmente en la Biblia, sino en examinar si la enseñanza que comunica corresponde fielmente al conjunto de la revelación divina. En el caso de la Trinidad, debemos considerar tres afirmaciones fundamentales:
- Primera: existe un solo Dios verdadero.
- Segunda: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son presentados en las Escrituras como divinos.
- Tercera: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son personalmente distintos entre Sí.
Estas afirmaciones no deben estudiarse aisladamente. La doctrina de la Trinidad surge de reconocerlas conjuntamente, sin negar ninguna de ellas.
Existe un solo Dios verdadero
Comencemos recordando una enseñanza ya establecida. Deuteronomio 6:4 declara:
- «Escucha, oh Israel, el SEÑOR es nuestro Dios, el SEÑOR uno es».
Asimismo, Dios declara mediante el profeta Isaías en 45:5:
- «Yo soy el SEÑOR, y no hay ningún otro; fuera de Mí no hay Dios».
Estos pasajes afirman la unicidad divina. Por tanto, cualquier explicación cristiana acerca del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo debe conservar esta verdad fundamental. La Trinidad no significa que existan tres seres divinos independientes que compartan características semejantes. Tampoco significa que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo constituyan conjuntamente una especie de comunidad de tres dioses.
La fe cristiana afirma la existencia de un solo Dios, no de tres dioses.
Este principio es indispensable para comprender correctamente los siguientes testimonios bíblicos.
El Padre es Dios: ¿Cómo es Dios?
Las Escrituras identifican claramente al Padre como Dios. En Su oración sacerdotal, Jesús declara:
- «Y esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado».
— Juan 17:3.
Jesús se dirige al Padre y lo reconoce como el único Dios verdadero. Este pasaje debe interpretarse cuidadosamente. No debemos concluir que Jesús está negando Su propia naturaleza divina, porque el mismo Evangelio de Juan presenta al Hijo como Dios. El propósito inmediato de Juan 17:3 consiste en mostrar que la vida eterna está relacionada con conocer al Padre y a Jesucristo, a quien Él ha enviado.
Por tanto, el texto afirma claramente la identidad divina del Padre, sin que debamos utilizarlo para contradecir otras enseñanzas del mismo Evangelio. El apóstol Pablo también escribe:
- «pero para nosotros hay un solo Dios, el Padre, de quien proceden todas las cosas y nosotros somos para Él».
— 1 Corintios 8:6.
El contexto de este pasaje trata acerca de los ídolos y de la existencia de un solo Dios verdadero. Pablo identifica al Padre como Dios y, en el mismo versículo, presenta a Jesucristo como el único Señor, por medio de quien son todas las cosas. Esta relación será importante para comprender la identidad divina del Hijo. Por ahora podemos establecer la primera afirmación: El Padre es verdaderamente Dios.
El Hijo es Dios: ¿Cómo es Dios?
El Nuevo Testamento no presenta a Jesucristo solamente como un maestro religioso, un profeta o una criatura especialmente exaltada. Afirma Su naturaleza divina. El Evangelio de Juan comienza declarando:
- «En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios».
— Juan 1:1.
Este versículo contiene dos afirmaciones que debemos conservar. Por una parte, el Verbo estaba con Dios, lo cual establece una distinción personal. Por otra, el Verbo era Dios, lo cual afirma Su naturaleza divina. Más adelante, Juan declara:
- «El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros …».
— Juan 1:14.
La relación entre ambos versículos permite comprender que el Verbo eterno, identificado como Dios, es Aquel que se hizo carne. Por tanto, el Hijo no comenzó a existir cuando nació de María.
El Hijo existía antes de Su encarnación y posee naturaleza divina. Encontramos otra afirmación importante después de la resurrección de Jesús. Cuando Tomás reconoce al Señor resucitado, exclama:
- «¡Señor mío y Dios mío!».
— Juan 20:28.
En el contexto del Evangelio, esta confesión constituye un reconocimiento de la identidad de Jesucristo. Jesús no rechaza las palabras de Tomás, sino que responde refiriéndose a su fe. Así, el mismo Evangelio que distingue al Hijo del Padre también presenta al Hijo como Dios. Esto nos permite establecer la segunda afirmación:
El Hijo es verdaderamente Dios, sin ser la misma persona que el Padre.
El Espíritu Santo es Dios
Las Escrituras también presentan al Espíritu Santo como divino.
En el libro de los Hechos encontramos un acontecimiento relacionado con Ananías y Safira. Pedro pregunta a Ananías:
- «Ananías, ¿por qué ha llenado Satanás tu corazón para mentir al Espíritu Santo?».
— Hechos 5:3.
En el versículo siguiente declara:
- «No has mentido a los hombres, sino a Dios».
— Hechos 5:4.
El contexto relaciona directamente la mentira al Espíritu Santo con la mentira a Dios. Este pasaje constituye un testimonio importante de la divinidad del Espíritu Santo. Sin embargo, debemos evitar fundamentar toda la doctrina de Su divinidad exclusivamente en esta expresión. El conjunto del Nuevo Testamento también atribuye al Espíritu Santo acciones y características que muestran Su identidad divina y personal. Por ejemplo, Pablo declara:
- «… porque el Espíritu todo lo escudriña, aun las profundidades de Dios».
— 1 Corintios 2:10.
El contexto presenta al Espíritu como Aquel que conoce las profundidades de Dios y permite que los creyentes comprendan lo que Dios les ha concedido. Asimismo, el Espíritu Santo actúa con voluntad. Pablo enseña que los dones espirituales son distribuidos por el Espíritu:
- «… distribuyendo individualmente a cada uno según Su voluntad».
— 1 Corintios 12:11.
El Espíritu Santo no es presentado simplemente como una fuerza impersonal que Dios utiliza. Conoce, actúa y distribuye conforme a Su voluntad. Por tanto, podemos establecer la tercera afirmación:
El Espíritu Santo es verdaderamente Dios y no debe ser reducido a una energía o influencia impersonal.
El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son personas distintas
Hasta aquí hemos examinado la unicidad divina y el testimonio bíblico acerca de la divinidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Pero todavía debemos considerar otra enseñanza fundamental: las tres personas son distintas entre Sí.
Una de las escenas más claras aparece durante el bautismo de Jesús. Mateo registra que, después de ser bautizado Jesús, el Espíritu de Dios descendió como paloma y vino sobre Él. Entonces se oyó una voz desde los cielos … «Este es Mi Hijo amado en quien me he complacido» (Mateo 3:17).
En esta escena encontramos simultáneamente al Hijo, al Espíritu Santo y al Padre. El Hijo es bautizado. El Espíritu desciende sobre Él. El Padre habla desde los cielos.
En sí mismo, el pasaje no constituye una exposición sistemática de la doctrina de la Trinidad. Sin embargo, presenta una distinción personal real que debe ser considerada al formularla. El Padre no es presentado como si estuviera siendo bautizado. El Hijo no es presentado como si fuera la voz del Padre. El Espíritu Santo tampoco aparece simplemente como otro nombre del Hijo.
Esta distinción también se observa en las palabras de Jesús:
- «Entonces Yo rogaré al Padre, y Él les dará otro Consolador para que esté con ustedes para siempre».
— Juan 14:16.
Jesús habla de Sí mismo, del Padre a quien rogará y del otro Consolador que será enviado. El contexto posterior identifica al Consolador con el Espíritu Santo. Por tanto, las Escrituras no presentan al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo como tres nombres intercambiables de una misma persona. Los presentan como personalmente distintos.
Un solo Dios en tres personas: una distinción necesaria
Llegados a este punto, necesitamos aclarar el significado de dos términos utilizados en la formulación doctrinal de la Trinidad: ser y persona.
Cuando afirmamos que Dios es uno en Su ser, nos referimos a la única naturaleza divina. Cuando afirmamos que existen tres personas divinas, nos referimos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, que son realmente distintos entre Sí. Estas expresiones deben utilizarse con cuidado.
En nuestra experiencia cotidiana, cada persona humana es un ser humano individual. Por eso, si trasladáramos directamente esa experiencia a Dios, podríamos imaginar equivocadamente tres seres divinos independientes. La doctrina de la Trinidad no enseña eso.
Dios es uno en Su ser y trino en personas.
No afirmamos que Dios sea uno y tres en el mismo sentido. Afirmamos que es uno respecto de Su ser divino y tres respecto de las personas.
Por tanto, no existe una contradicción lógica en la formulación doctrinal, aunque la realidad divina supere nuestra capacidad de comprenderla exhaustivamente.
También debemos evitar otra confusión. No significa que cada persona posea solamente una tercera parte de la divinidad. Cada una de las personas en la Trinidad es plenamente Dios. Sin embargo, no son tres dioses, porque la naturaleza divina es una sola.
La distinción personal tampoco significa que las tres personas sean independientes entre Sí como lo serían tres individuos humanos. La doctrina cristiana reconoce que las personas divinas existen eternamente en una relación que no puede reducirse a las relaciones entre criaturas.
En este artículo introductorio no intentaremos desarrollar exhaustivamente estas relaciones. Nuestro propósito es conservar fielmente las afirmaciones fundamentales de las Escrituras.
La Trinidad no significa que Dios adopte tres formas diferentes
Una interpretación equivocada consiste en afirmar que Dios es una sola persona que se manifiesta de tres maneras distintas. Según esta concepción, Dios se presenta unas veces como Padre, otras como Hijo y en otras oportunidades como Espíritu Santo.
La historia de la teología identifica esta explicación con el modalismo, aunque existen diferentes formulaciones históricas de esta enseñanza. El problema fundamental es que no conserva adecuadamente las distinciones personales reveladas en las Escrituras.
Durante el bautismo de Jesús, por ejemplo, cada una de las personas aparece distinguidas simultáneamente. En Juan 14:16, Jesús habla de Su relación con el Padre y de la venida de otro Consolador. Estos pasajes no se explican adecuadamente si «Padre», «Hijo» y «Espíritu Santo» son únicamente tres nombres de una sola persona. Por tanto, debemos conservar esta afirmación:
El Padre no es el Hijo; el Hijo tampoco es el Espíritu Santo; y el Espíritu Santo no es el Padre.
Sin embargo, cada uno es plenamente Dios. Esta distinción es indispensable para evitar una comprensión incorrecta de la Trinidad.
La Trinidad tampoco significa que existan tres dioses
El error opuesto consiste en interpretar a cada persona, «Padre», «Hijo» y «Espíritu Santo» como tres seres divinos separados. Esta concepción recibe el nombre de triteísmo. Aunque reconoce una distinción entre las personas, termina negando la unicidad divina.
La Biblia no permite llegar a esa conclusión. Deuteronomio 6:4, Isaías 45:5 y Primera a Timoteo 2:5 afirman claramente la existencia de un solo Dios verdadero.
Por tanto, no podemos interpretar las distinciones personales como si implicaran tres naturalezas divinas independientes. La doctrina bíblica requiere mantener ambas afirmaciones:
Las personas divinas son realmente distintas, pero Dios es uno solo.
Negar la distinción personal conduce al modalismo. De igual manera, rechazar la unidad divina conduce al triteísmo. La formulación trinitaria procura conservar ambas verdades sin sacrificar ninguna.
El testimonio conjunto del Nuevo Testamento
Además de los pasajes examinados, encontramos textos en los que «Padre», «Hijo» y «Espíritu Santo» aparecen mencionados conjuntamente. Jesús ordenó a Sus discípulos:
- «Vayan, pues, y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo».
— Mateo 28:19.
El mandato forma parte de la comisión dada por el Señor resucitado.
Observemos que Jesús menciona «Padre», «Hijo» y «Espíritu Santo» en una misma fórmula bautismal. El texto utiliza la expresión singular «en el nombre», seguida de las tres designaciones personales.
Este detalle es significativo dentro del conjunto de la enseñanza bíblica. Sin embargo, debemos evitar afirmar que la forma gramatical, por sí sola, demuestra toda la doctrina de la Trinidad. Su importancia consiste en que presenta conjuntamente a las tres personas en un acto central de la vida cristiana. También Pablo concluye una de sus cartas con estas palabras:
- «La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos ustedes».
— 2 Corintios 13:14.
Esta bendición apostólica relaciona a Jesucristo, a Dios —en referencia al Padre dentro de esta formulación— y al Espíritu Santo. Nuevamente encontramos una presentación conjunta de las tres personas.
Estos pasajes no constituyen tratados sistemáticos sobre la Trinidad. Sin embargo, junto con las afirmaciones acerca de la unicidad divina, la divinidad de las tres personas y sus distinciones personales, proporcionan un fundamento importante para la formulación doctrinal cristiana.
¿Podemos comprender completamente la Trinidad?
La doctrina de la Trinidad nos recuerda una verdad establecida desde el comienzo de este artículo.
Podemos conocer verdaderamente a Dios porque Él se ha revelado, pero no podemos comprenderlo exhaustivamente. Esta distinción resulta especialmente importante aquí.
La Trinidad no debe presentarse como una contradicción que los cristianos simplemente aceptan sin examinar. Tampoco debemos afirmar que la naturaleza divina puede explicarse completamente mediante ejemplos tomados de la creación.
A lo largo de la historia se han utilizado analogías como el agua en diferentes estados, el sol con su luz y calor o el ser humano con diferentes funciones. Aunque estas comparaciones buscan facilitar la comprensión, pueden producir errores.
Por ejemplo, el agua que cambia entre estados puede sugerir equivocadamente que Dios es una sola persona que adopta diferentes formas. Otras analogías pueden dar a entender que las personas divinas son partes de Dios. Por tanto, ninguna comparación creada debe convertirse en la definición de la Trinidad.
La doctrina debe ser comprendida a partir de la revelación bíblica, no subordinada a una analogía humana. Reconocer nuestros límites no significa abandonar la razón. Significa utilizarla correctamente, procurando comprender lo que Dios ha revelado sin pretender abarcar completamente Su naturaleza.
¿Por qué es importante la doctrina de la Trinidad? ¿Cómo es Dios?
La Trinidad no constituye un asunto secundario que pueda separarse de nuestra comprensión del cristianismo. Se relaciona directamente con la identidad de Dios, la persona de Jesucristo, la obra del Espíritu Santo y el mensaje del Evangelio.
En el primer artículo establecimos que Jesucristo ocupa el centro del cristianismo. Ahora comprendemos que Su identidad no puede reducirse a la de un mensajero creado. El Hijo es verdaderamente Dios y se hizo hombre para realizar la obra de salvación.
También reconocemos que el Espíritu Santo no es simplemente una influencia divina, sino una persona divina que actúa conforme a la voluntad de Dios.
Y comprendemos que el Padre, quien envió al Hijo, no es la misma persona que el Hijo enviado.
Estas distinciones permiten comprender con mayor fidelidad la revelación bíblica acerca de la salvación. Por tanto, la doctrina de la Trinidad no fue formulada para añadir complejidad innecesaria a la fe cristiana. Su propósito es expresar de manera coherente lo que las Escrituras enseñan acerca del único Dios verdadero.
¿Qué podemos concluir acerca de la Trinidad?
Podemos reunir las enseñanzas de este apartado en cinco afirmaciones fundamentales.
- Primera: existe un solo Dios verdadero. La doctrina de la Trinidad no abandona el monoteísmo bíblico.
- Segunda: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son verdaderamente Dios. Ninguno debe ser considerado una criatura o una manifestación inferior de la divinidad.
- Tercera: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son personas realmente distintas. No constituyen simplemente tres nombres o manifestaciones temporales de una sola persona.
- Cuarta: Dios es uno en Su ser y trino en personas. Esta formulación conserva la unidad divina y las distinciones personales reveladas en las Escrituras.
- Quinta: la Trinidad puede conocerse verdaderamente mediante la revelación bíblica, aunque la naturaleza divina no pueda comprenderse exhaustivamente.
Estas afirmaciones constituyen una base indispensable para comprender al Dios del cristianismo. No adoramos a tres dioses. Tampoco adoramos a un Dios que simplemente cambia de identidad según las circunstancias.
Adoramos al único Dios verdadero: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Pero la revelación bíblica no se limita a enseñarnos quién es Dios en Su naturaleza. También nos muestra lo que Él ha hecho y continúa haciendo. El Dios eterno creó todas las cosas, sostiene Su creación y ha actuado en la historia para llevar a cabo Su propósito de salvación. Estas verdades nos conducen al siguiente apartado:
2. Dios es Creador, Sustentador y Redentor
¿Cómo es Dios?
En los apartados anteriores hemos examinado lo que las Escrituras enseñan acerca de la existencia, la naturaleza y los atributos de Dios. También establecimos que el único Dios verdadero es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Pero la revelación bíblica no se limita a enseñarnos quién es Dios. También nos permite conocer lo que Él ha hecho y continúa haciendo.
La Biblia presenta a Dios como el Creador de todas las cosas, Aquel que sostiene el universo mediante Su poder y quien ha actuado en la historia para llevar a cabo Su propósito de salvación. Estas tres enseñanzas se encuentran profundamente relacionadas.
El Dios que creó todas las cosas es el mismo que las sostiene y que ha provisto la redención mediante Jesucristo.
Sin embargo, debemos distinguir cuidadosamente estas obras para comprender lo que las Escrituras afirman acerca de cada una.
Dios es el Creador de todas las cosas
La Biblia comienza con una declaración fundamental:
- «En el principio Dios creó los cielos y la tierra».
— Génesis 1:1.
Este versículo establece una distinción esencial entre Dios y Su creación. Dios es presentado como el Creador, mientras que los cielos y la tierra pertenecen al orden de las cosas creadas. El texto no comienza intentando demostrar filosóficamente la existencia de Dios. Presenta a Dios como Aquel que existe y que da origen a todas las cosas. Esta afirmación constituye el fundamento de la enseñanza bíblica acerca de la creación.
El universo no es presentado como una realidad independiente de Dios ni como algo que haya existido eternamente junto a Él. Por el contrario, las Escrituras enseñan que todas las cosas deben su existencia al Creador. El apóstol Juan declara acerca del Verbo:
- «Todas las cosas fueron hechas por medio de Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho».
— Juan 1:3.
En su contexto, este pasaje se refiere al Verbo eterno, identificado posteriormente como Aquel que se hizo carne. Por tanto, el Nuevo Testamento enseña que el Hijo participó en la obra divina de la creación. Esta afirmación también nos ayuda a comprender que la doctrina de la Trinidad no está separada de la enseñanza bíblica acerca de las obras de Dios.
La creación es obra del único Dios verdadero.
Las Escrituras atribuyen al Padre la creación de todas las cosas, presentan al Hijo como Aquel por medio de quien fueron hechas y también mencionan la acción del Espíritu de Dios en el relato de la creación (Génesis 1:2). Sin embargo, debemos evitar interpretar estas afirmaciones como si cada persona divina hubiera creado una parte diferente del universo.
La creación es una obra del único Dios, no el resultado de tres creadores independientes.
Dios creó por Su voluntad y para Su gloria
Las Escrituras no solamente enseñan que Dios creó todas las cosas. También presentan la creación como resultado de Su voluntad. En Apocalipsis encontramos una expresión de adoración dirigida al Creador:
- «Digno eres, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria y el honor y el poder, porque Tú creaste todas las cosas, y por Tu voluntad existen y fueron creadas».
— Apocalipsis 4:11.
El contexto presenta la adoración celestial a Dios, reconociendo Su dignidad como Creador. El pasaje destaca que la existencia de todas las cosas depende de Su voluntad.
Dios no creó porque necesitara completar alguna deficiencia en Su ser. Como estudiamos anteriormente, Dios es independiente de Su creación.
Por tanto, la creación no debe interpretarse como una necesidad que Dios tuviera que satisfacer para alcanzar plenitud.
Dios creó libremente, conforme a Su voluntad, y toda la creación debe reconocer Su gloria.
Esto también significa que el ser humano no constituye el centro absoluto de la realidad. Aunque las Escrituras enseñan que la humanidad ocupa un lugar particular dentro de la creación, todas las cosas existen finalmente bajo la autoridad de Dios y para Su gloria.
Reconocer a Dios como Creador transforma nuestra comprensión del mundo. El universo no es una realidad sin relación con Él. La vida humana tampoco puede comprenderse adecuadamente como si fuera completamente independiente de Su propósito. Todo cuanto existe pertenece al orden creado y depende del Dios que le dio origen.
Dios sostiene continuamente Su creación
La Biblia no presenta a Dios como un Creador que, después de dar origen al universo, se desentendió de él. Por el contrario, enseña que la creación continúa dependiendo de Su poder. La carta a los Hebreos declara acerca del Hijo:
- «Él es el resplandor de Su gloria y la expresión exacta de Su naturaleza, y sostiene todas las cosas por la palabra de Su poder».
— Hebreos 1:3.
El contexto exalta la identidad y la superioridad del Hijo.
Entre las afirmaciones acerca de Su persona encontramos que sostiene todas las cosas mediante Su poder. Esto significa que la relación de Dios con el universo no se limita al momento inicial de la creación.
La existencia continua de todas las cosas depende de Él. El apóstol Pablo expresa una enseñanza relacionada cuando escribe acerca de Jesucristo:
- «Y Él es antes de todas las cosas, y en Él todas las cosas permanecen».
— Colosenses 1:17.
Este pasaje forma parte de una exposición acerca de la supremacía de Cristo. Pablo afirma tanto Su preexistencia como la dependencia de la creación respecto de Él. Por tanto, Dios no solamente dio origen al universo; también sostiene su existencia.
Esta enseñanza distingue la fe bíblica del deísmo, concepción según la cual Dios habría creado el mundo, pero no intervendría posteriormente en su funcionamiento. La Biblia presenta una realidad diferente. El Creador permanece activo en relación con aquello que ha hecho.
La providencia divina: Dios gobierna Su creación
La enseñanza acerca del sostenimiento divino se relaciona con otra doctrina importante: la providencia. La teología cristiana utiliza este término para describir el cuidado, la preservación y el gobierno de Dios sobre Su creación. Jesús enseñó:
- «Miren las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros, y sin embargo, el Padre celestial las alimenta».
— Mateo 6:26.
Estas palabras forman parte del Sermón del Monte. En su contexto, Jesús exhorta a Sus discípulos a no vivir dominados por la ansiedad acerca de sus necesidades materiales. Su argumento señala el cuidado de Dios sobre las aves y utiliza ese ejemplo para enseñar acerca de la confianza en el Padre celestial.
El pasaje no significa que las criaturas deban permanecer inactivas o que los creyentes estén exentos de trabajar y asumir responsabilidades. Su propósito es mostrar que la vida no se encuentra fuera del conocimiento y del cuidado de Dios. La providencia divina tampoco debe confundirse con la afirmación de que Dios aprueba moralmente todo cuanto sucede en el mundo. Las Escrituras distinguen entre la soberanía divina y la responsabilidad moral de las criaturas.
Dios gobierna Su creación, pero esto no significa que el pecado pueda atribuirse a Su naturaleza santa o que los seres humanos dejen de ser responsables por sus acciones. La relación entre la soberanía divina, la libertad y responsabilidad humanas y la existencia del mal requiere un estudio más amplio. Por ahora podemos establecer una enseñanza fundamental:
El Dios que creó el universo continúa sosteniéndolo y gobernándolo conforme a Su sabiduría y Sus propósitos.
Esta verdad constituye una fuente de confianza para el creyente, aunque no elimina todas las preguntas acerca del sufrimiento y de las circunstancias difíciles de la vida.
La creación es buena, pero el mundo está afectado por el pecado
¿Cómo es Dios?
Para comprender por qué las Escrituras presentan a Dios también como Redentor, debemos recordar una distinción fundamental. La Biblia enseña que Dios creó todas las cosas y que Su creación era buena. Al concluir el relato de la creación, Génesis declara:
- «Dios vio todo lo que había hecho; y era bueno en gran manera».
— Génesis 1:31.
Esta afirmación corresponde a la valoración divina de la creación. Por tanto, no debemos considerar que el mundo material sea malo por naturaleza o que la creación haya sido producida por una divinidad inferior. La creación procede del Dios verdadero y fue declarada buena. Sin embargo, la Biblia también enseña que el pecado entró en la experiencia humana y produjo consecuencias profundas. El apóstol Pablo declara:
- «Por tanto, tal como el pecado entró en el mundo por medio de un hombre, y por medio del pecado la muerte …».
— Romanos 5:12.
El contexto desarrolla la relación entre Adán y Cristo, mostrando las consecuencias del pecado y la importancia de la obra redentora de Jesucristo. No desarrollaremos aquí toda la doctrina de la caída ni sus implicaciones para la naturaleza humana. Esos temas requieren un tratamiento particular. Pero sí debemos reconocer una verdad indispensable para comprender el Evangelio:
El mundo creado por Dios es bueno en su origen, pero la humanidad se encuentra afectada por el pecado y necesita reconciliación con su Creador.
La redención divina responde precisamente a esta condición.
¿Cómo es Dios? Dios es Redentor
La palabra redención ocupa un lugar importante en las Escrituras. En diferentes contextos bíblicos se relaciona con la liberación mediante un rescate o con la acción de recuperar a alguien de una condición de esclavitud o sometimiento.
En el Antiguo Testamento, Dios es presentado como el Redentor de Israel, particularmente en relación con Su intervención para liberar a Su pueblo. Sin embargo, el Nuevo Testamento muestra que la obra de Jesucristo constituye el centro del propósito divino de redención. Pablo escribe:
- «En Él tenemos redención mediante Su sangre, el perdón de nuestros pecados según las riquezas de Su gracia».
— Efesios 1:7.
El contexto presenta las bendiciones espirituales que Dios ha concedido en Cristo. La redención aparece relacionada directamente con Su sangre y con el perdón de los pecados. Esto nos permite establecer una distinción importante.
La redención anunciada en el Evangelio no consiste simplemente en mejorar las circunstancias materiales del ser humano. Tampoco se reduce a proporcionar orientación moral o bienestar emocional.
La redención en Jesucristo responde fundamentalmente al problema del pecado y a la necesidad de reconciliación con Dios.
Esta enseñanza conecta directamente con el primer artículo de nuestra serie. Allí examinamos por qué murió Cristo y cómo Su muerte y resurrección constituyen el centro del Evangelio. Ahora reconocemos que esa obra forma parte del propósito redentor del Dios verdadero.
La redención tiene su origen en la iniciativa de Dios
Una de las verdades más importantes del Evangelio es que la salvación no comienza con el esfuerzo humano por alcanzar a Dios. Comienza con la iniciativa divina. Pablo declara:
- «Pero Dios demuestra Su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros».
— Romanos 5:8.
El texto presenta la muerte de Cristo como manifestación del amor de Dios hacia quienes se encontraban en condición de pecado. Por tanto, la redención no debe interpretarse como si Jesucristo hubiera tenido que convencer a un Padre contrario a mostrar misericordia.
El Nuevo Testamento presenta la obra salvadora como expresión del propósito y del amor de Dios. El Evangelio de Juan declara:
- «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a Su Hijo unigénito …».
— Juan 3:16.
Este pasaje presenta el envío del Hijo como manifestación del amor divino. La redención procede, por tanto, de la iniciativa de Dios y se realiza mediante la obra de Jesucristo.
También debemos recordar que el Espíritu Santo participa en la aplicación de la salvación a los creyentes. Pablo escribe:
- «Él nos salvó, no por las obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino conforme a Su misericordia, por medio del lavamiento de la regeneración y la renovación por el Espíritu Santo».
— Tito 3:5.
Este pasaje relaciona la salvación con la misericordia divina y con la obra regeneradora y renovadora del Espíritu Santo. Así, la revelación del Nuevo Testamento nos permite reconocer la acción del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en el propósito salvador de Dios. Sin embargo, debemos evitar interpretar estas acciones como si fueran obras independientes de tres dioses distintos.
La redención es obra del único Dios verdadero, realizada mediante Jesucristo y aplicada a los creyentes por el Espíritu Santo.
La redención no significa que todos sean salvos automáticamente
La afirmación de que Dios es Redentor requiere otra precisión doctrinal. El Nuevo Testamento presenta la obra de Cristo como suficiente y poderosa para salvar, pero también enseña que el Evangelio demanda una respuesta de arrepentimiento y fe. Jesús proclamó:
- «El tiempo se ha cumplido», decía, «y el reino de Dios se ha acercado; arrepiéntanse y crean en el evangelio».
— Marcos 1:15.
Este llamado muestra que el anuncio de la buena noticia no debe confundirse con la afirmación de que todos los seres humanos ya disfrutan automáticamente de la salvación.
La reconciliación con Dios no puede reducirse a la existencia de una creación sostenida por Su poder.
Todas las personas dependen de Dios como Creador, pero eso no significa que todas hayan sido reconciliadas con Él mediante Jesucristo. Por tanto, debemos distinguir entre la relación universal de Dios con Sus criaturas y la relación salvadora que el Evangelio anuncia en Cristo. La primera corresponde a nuestra condición de seres creados y sostenidos por Dios. La segunda se relaciona con la gracia divina y con la salvación recibida mediante la fe en Jesucristo.
Esta distinción será desarrollada posteriormente cuando estudiemos la salvación.
Por ahora es suficiente recordar que el Evangelio anuncia una redención que debe ser recibida mediante la respuesta de fe a Jesucristo.
El Creador, Sustentador y Redentor es el mismo Dios
Después de examinar estas enseñanzas, debemos evitar separar las obras divinas como si pertenecieran a diferentes dioses o como si expresaran propósitos contradictorios. El Dios que creó el universo es el mismo que lo sostiene. Y el Dios que sostiene la creación es el mismo que ha actuado para redimir a los pecadores mediante Jesucristo.
La creación manifiesta Su poder y sabiduría. El sostenimiento del universo revela Su continua actividad y cuidado. La redención manifiesta Su gracia, amor, justicia y misericordia frente al problema del pecado. Estas obras son distintas, pero no proceden de voluntades divinas independientes.
Todas pertenecen al propósito del único Dios verdadero.
También debemos reconocer que las Escrituras presentan una esperanza futura relacionada con la restauración de la creación. Pablo declara:
- «Pues sabemos que la creación entera gime y sufre hasta ahora dolores de parto».
— Romanos 8:22.
El contexto relaciona la condición presente de la creación con la esperanza de su futura liberación. Por tanto, el propósito divino no debe reducirse únicamente a la experiencia individual del creyente. Las Escrituras presentan una esperanza más amplia, vinculada con el cumplimiento final de los propósitos de Dios.
No desarrollaremos aquí toda la enseñanza bíblica acerca de la consumación futura. Sin embargo, podemos reconocer que la obra de Dios como Creador, Sustentador y Redentor se encuentra relacionada con Su propósito eterno.
¿Qué significa reconocer a Dios como Creador, Sustentador y Redentor?
Estas enseñanzas tienen consecuencias para nuestra comprensión de la vida y de la fe cristiana.
Reconocer a Dios como Creador significa comprender que nuestra existencia procede de Él y que somos responsables delante de nuestro Creador. Reconocerlo como Sustentador significa aceptar que nuestra vida no es independiente de Su poder y de Su cuidado. Reconocer a Dios como Redentor significa comprender que nuestra necesidad más profunda no puede resolverse mediante nuestros propios esfuerzos, sino por la gracia de Dios manifestada en Jesucristo.
Estas verdades también nos ayudan a evitar una comprensión fragmentada de la fe. El cristianismo no presenta a un Dios que solamente creó el universo en un pasado remoto. Tampoco anuncia únicamente a un Dios que interviene para resolver dificultades temporales. Y no reduce la redención a una experiencia religiosa separada de la realidad de la creación.
El Dios de las Escrituras es el Señor de toda la realidad: el origen de cuanto existe, el sustentador de la vida y el autor de la salvación.
Por tanto, nuestra respuesta a Él debe incluir reconocimiento, confianza, gratitud y adoración.
¿Qué podemos concluir acerca de las obras de Dios?
Podemos reunir las enseñanzas estudiadas en cinco afirmaciones fundamentales.
- Primera: Dios es el Creador de todas las cosas. El universo y cuanto existe deben su origen a Su voluntad y poder.
- Segunda: Dios sostiene continuamente Su creación. El mundo no existe independientemente de Él ni ha quedado fuera de Su gobierno.
- Tercera: la creación fue declarada buena, pero la humanidad se encuentra afectada por el pecado y necesita reconciliación con Dios.
- Cuarta: Dios es Redentor. Ha manifestado Su gracia y Su amor mediante la obra salvadora de Jesucristo.
- Quinta: la creación, el sostenimiento y la redención son obras del único Dios verdadero y forman parte de Sus propósitos.
Estas afirmaciones nos permiten avanzar desde el conocimiento de la naturaleza divina hacia el reconocimiento de Sus obras.
Ahora sabemos que Dios no solamente existe y se ha revelado. También sabemos que Él nos creó, que nuestra existencia depende continuamente de Su poder y que ha actuado en Jesucristo para ofrecer salvación a los pecadores.
Pero todavía debemos responder una pregunta fundamental.
Si Dios se ha dado a conocer, si es el único Dios verdadero y si ha actuado para redimirnos, ¿qué respuesta corresponde al ser humano?
Esta pregunta nos conduce al último apartado de nuestro artículo:
3. ¿Qué significa conocer a Dios?
A lo largo de este artículo, «¿Cómo es Dios?», hemos examinado lo que las Escrituras enseñan acerca del Dios verdadero.
Hemos establecido que Dios se ha dado a conocer mediante Su creación, Su Palabra y, de manera culminante, en Jesucristo. También hemos estudiado que existe un solo Dios, eterno, independiente, espiritual, santo, justo y amoroso; que este único Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo; y que Él es el Creador, Sustentador y Redentor. Pero todas estas enseñanzas nos conducen a una pregunta fundamental:
¿Es suficiente conocer estas verdades acerca de Dios para afirmar que verdaderamente lo conocemos?
La respuesta bíblica requiere una distinción importante. Conocer información verdadera acerca de Dios es indispensable, pero no debe confundirse automáticamente con conocerlo personalmente mediante Jesucristo. La fe cristiana no separa ambas realidades. El conocimiento verdadero de Dios tiene su fundamento en Su revelación y encuentra su expresión salvadora en una relación con Él mediante Jesucristo.
Conocer acerca de Dios y conocer a Dios
En nuestra experiencia cotidiana distinguimos entre conocer información acerca de una persona y mantener una relación personal con ella. Podemos conocer su nombre, su historia y determinados aspectos de su vida sin haber establecido una relación con esa persona. Aunque esta comparación tiene sus límites, nos ayuda a comprender una distinción presente en las Escrituras. El apóstol Santiago declara:
- «Tú crees que Dios es uno. Haces bien; también los demonios creen, y tiemblan».
— Santiago 2:19.
El contexto de este pasaje trata acerca de la relación entre la fe y las obras. Santiago muestra que reconocer intelectualmente una afirmación verdadera acerca de Dios no equivale necesariamente a poseer una fe genuina. Los demonios reconocen la realidad divina, pero ese reconocimiento no constituye una relación de confianza, amor y obediencia a Dios. Por tanto, podemos afirmar que el conocimiento doctrinal correcto es necesario, pero no debe confundirse con la fe salvadora.
Sin embargo, también debemos evitar el error contrario. No sería correcto afirmar que podemos conocer personalmente a Dios mientras rechazamos o consideramos irrelevante lo que Él ha revelado acerca de Sí mismo. Una relación verdadera con Dios no puede construirse sobre una imagen inventada de Él.
Conocer a Dios requiere recibir la verdad que Él ha revelado y responder a ella conforme al Evangelio.
Conocer a Dios mediante Jesucristo
Jesús declaró en Su oración al Padre:
- «Y esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado».
— Juan 17:3.
Este pasaje establece una relación directa entre la vida eterna y el conocimiento del Padre y de Jesucristo. El contexto muestra que Jesús está hablando de la vida que Dios concede mediante la obra del Hijo. Por tanto, el conocimiento de Dios al que se refiere no consiste simplemente en reconocer Su existencia. Está relacionado con la vida eterna que se encuentra en Jesucristo.
Esta enseñanza conecta directamente con el primer artículo de nuestra serie. Allí establecimos que el cristianismo está centrado en Jesucristo, en Su muerte por nuestros pecados y en Su resurrección. Ahora comprendemos que no podemos separar el conocimiento salvador de Dios de la persona y la obra de Jesucristo.
Jesucristo: el único camino al Padre
Jesús también declaró:
- «Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por Mí».
— Juan 14:6.
En su contexto, estas palabras forman parte de la enseñanza de Jesús a Sus discípulos acerca de Su partida y de la relación de ellos con el Padre. Jesús no se presenta simplemente como alguien que conoce un camino hacia Dios. Se presenta como el camino mediante el cual podemos venir al Padre.
Por tanto, la fe cristiana no enseña que todas las concepciones religiosas acerca de Dios conduzcan indistintamente a la misma relación salvadora con Él. Afirma que el Padre se ha dado a conocer de manera culminante mediante Su Hijo y que la reconciliación con Dios se encuentra en Jesucristo.
Esto no significa que el creyente comprenda exhaustivamente todas las doctrinas cristianas desde el momento en que cree. Significa que la fe salvadora tiene como objeto a Jesucristo, conforme al Evangelio anunciado en las Escrituras.
La respuesta de fe: confiar en Jesucristo
Si Dios se ha revelado y ha provisto la redención mediante Jesucristo, ¿cómo debe responder el ser humano?
El Evangelio llama al arrepentimiento y a la fe. Jesús proclamó:
- «El tiempo se ha cumplido», decía, «y el reino de Dios se ha acercado; arrepiéntanse y crean en el evangelio».
— Marcos 1:15.
Estas palabras muestran que el anuncio del Evangelio demanda una respuesta.
El arrepentimiento implica un cambio de orientación frente al pecado y a Dios. La fe implica confiar en Jesucristo y en la obra salvadora que Dios ha realizado mediante Él. Sin embargo, debemos evitar presentar la fe como si fuera una obra humana mediante la cual una persona pudiera ganar o merecer la salvación. El apóstol Pablo declara:
- «Porque por gracia ustedes han sido salvados por medio de la fe, y esto no procede de ustedes, sino que es don de Dios».
— Efesios 2:8.
Y añade:
El contexto establece que la salvación procede de la gracia divina y excluye la posibilidad de atribuirla al mérito humano. Por tanto, la fe no debe entenderse como una contribución meritoria que completa lo que Jesucristo hizo.
La salvación tiene su fundamento en la gracia de Dios y en la obra de Jesucristo; la fe es el medio por el cual recibimos esa salvación.
Esta distinción es indispensable para comprender correctamente el Evangelio. Conocer a Dios de manera salvadora no comienza con nuestros esfuerzos por alcanzar Su aceptación. Comienza con Su iniciativa de gracia y con nuestra respuesta de fe a Jesucristo.
Conocer a Dios conduce a la adoración: ¿Cómo es Dios?
La respuesta al Dios verdadero no se limita a reconocer Su existencia o aceptar determinadas enseñanzas doctrinales. También incluye la adoración. Como estudiamos anteriormente, Jesús declaró:
- «Dios es espíritu, y los que lo adoran deben adorar en espíritu y en verdad».
— Juan 4:24.
Estas palabras aparecen en la conversación con la mujer samaritana. Jesús dirige la atención desde la controversia acerca del lugar de adoración hacia la naturaleza de la verdadera adoración.
La expresión «en espíritu y en verdad» no debe reducirse simplemente a una experiencia emocional intensa o a una práctica religiosa externa. El contexto presenta una adoración conforme a la revelación de Dios y a la nueva realidad anunciada por Jesucristo. Por tanto, la adoración cristiana no puede separarse de la verdad acerca de Dios.
No adoramos correctamente cuando sustituimos al Dios revelado en las Escrituras por una imagen construida según nuestras preferencias. Tampoco debemos reducir la adoración a determinados momentos de reunión o a expresiones musicales. Aunque estas pueden formar parte de la vida de la Iglesia, la adoración bíblica incluye una respuesta integral de reverencia, gratitud y entrega a Dios. Pablo exhorta a los creyentes:
- «Por tanto, hermanos, les ruego por las misericordias de Dios que presenten sus cuerpos como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios, que es el culto racional de ustedes».
— Romanos 12:1.
El contexto conecta esta exhortación con las misericordias de Dios expuestas anteriormente en la carta. La entrega de la vida del creyente aparece como respuesta a la misericordia divina, no como un medio para obligar a Dios a concederla.
La verdadera adoración reconoce quién es Dios y responde a Su gracia con reverencia, gratitud y una vida dedicada a Él.
Conocer a Dios conduce a la obediencia
La relación entre el conocimiento de Dios y la obediencia aparece expresamente en las Escrituras. El apóstol Juan declara:
- «Y en esto sabemos que lo hemos llegado a conocer: si guardamos Sus mandamientos».
— 1 Juan 2:3.
Este pasaje requiere una interpretación cuidadosa. Juan no está enseñando que el ser humano pueda obtener la salvación mediante el cumplimiento perfecto de los mandamientos. Su propósito es mostrar que el conocimiento genuino de Dios tiene consecuencias visibles en la vida del creyente.
La obediencia constituye una evidencia de esa relación, no su fundamento meritorio. El mismo apóstol continúa advirtiendo acerca de quien afirma conocer a Dios, pero no guarda Sus mandamientos (1 Juan 2:4).
Así, las Escrituras no presentan el conocimiento salvador de Dios como una declaración religiosa completamente desconectada de la conducta. Sin embargo, también debemos evitar otra conclusión equivocada.
La obediencia cristiana no significa que el creyente alcance una perfección moral absoluta durante su vida presente. La misma carta reconoce la realidad del pecado y la necesidad de confesarlo delante de Dios (1 Juan 1:8–9).
Por tanto, debemos distinguir entre una vida caracterizada por la respuesta de fe y obediencia a Dios y la pretensión de alcanzar una condición de impecabilidad.
La obediencia no compra la salvación; manifiesta la transformación que la gracia de Dios produce en quienes pertenecen a Jesucristo.
Esta distinción permite conservar tanto la gratuidad del Evangelio como la importancia de una vida cristiana coherente.
Conocer a Dios transforma nuestra manera de vivir
La Biblia enseña que la salvación en Jesucristo produce consecuencias reales en la vida del creyente. Pablo declara:
- «De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, ahora han sido hechas nuevas».
— 2 Corintios 5:17.
El contexto relaciona esta nueva realidad con la obra reconciliadora de Dios mediante Jesucristo.
La expresión «en Cristo» es fundamental. La transformación cristiana no consiste simplemente en adoptar nuevos hábitos religiosos o mejorar determinados aspectos del comportamiento. Está relacionada con la nueva condición del creyente en Jesucristo.
Esto no significa que todos los problemas desaparezcan inmediatamente después de creer. Tampoco significa que el creyente deje de enfrentar tentaciones, dificultades o luchas contra el pecado.
La vida cristiana incluye un proceso continuo de crecimiento en la fe y en la obediencia. Sin embargo, la Escritura enseña que la gracia de Dios no deja indiferente la vida de quienes han sido reconciliados con Él.
El conocimiento salvador de Dios se manifiesta progresivamente en una nueva orientación de la existencia. Esta transformación también incluye la manera en que nos relacionamos con otras personas. El apóstol Juan declara:
- «Amados, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios, y todo el que ama es nacido de Dios y conoce a Dios».
— 1 Juan 4:7.
El contexto presenta el amor fraternal como una expresión de la vida que procede de Dios. Por tanto, el conocimiento de Dios no debe convertirse en motivo de orgullo religioso o superioridad intelectual.
Cuanto más comprendemos Su santidad, Su justicia, Su amor y Su misericordia, más razones tenemos para responder con humildad y amor hacia los demás.
Conocer verdaderamente a Dios debe transformar nuestra manera de pensar, nuestras prioridades y nuestra conducta.
El conocimiento de Dios debe continuar creciendo: ¿Cómo es Dios?
Existe otra enseñanza importante. Conocer a Dios mediante Jesucristo no significa haber alcanzado todo el conocimiento posible acerca de Él. Como establecimos al comienzo de este artículo, nuestro conocimiento de Dios es verdadero, pero no exhaustivo. Esta realidad también tiene consecuencias para la vida cristiana. El apóstol Pedro exhorta:
- «Antes bien, crezcan en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo …».
— 2 Pedro 3:18.
El contexto de esta exhortación advierte acerca del error y anima a los creyentes a permanecer firmes. El crecimiento en el conocimiento de Cristo aparece como parte de la perseverancia cristiana. Por tanto, la vida de fe no debe caracterizarse por la indiferencia hacia el estudio de las Escrituras. Tampoco por la idea de que, después de conocer algunas doctrinas fundamentales, ya no necesitamos seguir aprendiendo.
El creyente está llamado a continuar creciendo en el conocimiento de Dios, sometiendo sus ideas, convicciones y prácticas a la enseñanza de Su Palabra.
Esto exige humildad. Siempre debemos estar dispuestos a examinar nuestras interpretaciones y corregirlas cuando descubrimos que no corresponden fielmente al texto bíblico. La madurez cristiana no consiste en pensar que ya lo sabemos todo acerca de Dios. Consiste, entre otras cosas, en reconocer la autoridad de Su Palabra y perseverar en el conocimiento de la verdad.
Conocer a Dios no significa vivir sin dificultades
Debemos añadir una última precisión pastoral. Algunas personas pueden interpretar el conocimiento de Dios como una garantía de bienestar permanente, prosperidad material o ausencia de sufrimiento. Sin embargo, las Escrituras no presentan la vida cristiana de esa manera. Jesús declaró a Sus discípulos:
- «Estas cosas les he hablado para que en Mí tengan paz. En el mundo tienen tribulación; pero confíen, Yo he vencido al mundo».
— Juan 16:33.
Estas palabras aparecen en el contexto de las enseñanzas de Jesús antes de Su arresto y crucifixión.
El Señor no prometió a Sus discípulos una vida libre de dificultades. Les anunció que enfrentarían tribulación, pero también les dio fundamento para confiar en Él. Por tanto, conocer a Dios no significa que todas nuestras circunstancias serán fáciles. Significa que nuestra relación con Él descansa en la verdad de Su revelación y en la obra de Jesucristo, no en la ausencia de problemas.
La confianza cristiana no depende de que comprendamos completamente cada acontecimiento de nuestra vida. Descansa en el carácter del Dios que se ha dado a conocer.
Conocer a Dios nos permite confiar en Él aun cuando no comprendamos plenamente Sus caminos.
¿Qué podemos concluir acerca del conocimiento de Dios? ¿Cómo es Dios?
Podemos reunir las enseñanzas de este apartado en seis afirmaciones fundamentales.
- Primera: conocer información verdadera acerca de Dios es necesario, pero no equivale automáticamente a conocerlo de manera salvadora.
- Segunda: el conocimiento salvador de Dios se encuentra inseparablemente relacionado con Jesucristo, mediante quien podemos venir al Padre.
- Tercera: la respuesta al Evangelio incluye arrepentimiento y fe. La salvación es por gracia y no puede merecerse mediante obras humanas.
- Cuarta: conocer verdaderamente a Dios conduce a la adoración y a la obediencia, entendidas como respuestas a Su gracia y no como medios para comprar Su aceptación.
- Quinta: la relación salvadora con Dios produce una transformación real y progresiva en la vida del creyente, aunque no elimina inmediatamente todas sus luchas y dificultades.
- Sexta: el conocimiento de Dios debe continuar creciendo mediante el estudio fiel de las Escrituras y una vida de dependencia de Él.
El conocimiento de Dios y nuestra respuesta a Su revelación
Estas enseñanzas nos permiten comprender que la pregunta «¿Cómo es Dios?» no constituye únicamente un ejercicio intelectual. Es una pregunta que nos confronta con la realidad del Creador, con nuestra condición delante de Él y con la salvación que ha provisto mediante Jesucristo.
El Dios verdadero se ha dado a conocer, y Su revelación nos llama a responder con fe, adoración y obediencia.
No podemos comprenderlo exhaustivamente, pero podemos conocerlo verdaderamente. No podemos alcanzar Su aceptación mediante nuestros méritos, pero podemos recibir por la fe la salvación que Él ofrece en Jesucristo. Y no debemos conformarnos con acumular información acerca de Él, sino crecer continuamente en el conocimiento de Su Palabra y en una vida que refleje nuestra fe.
De esta manera llegamos al centro de nuestra reflexión:
Conocer a Dios no significa construir una idea de Él conforme a nuestras preferencias, sino recibir Su revelación, confiar en Jesucristo y responder a Su gracia con una vida de adoración y obediencia.
Conclusión de «¿Cómo es Dios?»
Conocer al Dios que se ha revelado
Esta pregunta ha acompañado al ser humano a lo largo de la historia. Sin embargo, la respuesta cristiana no comienza con las diferentes ideas que las personas han construido acerca de lo divino, sino con una afirmación fundamental: Dios existe y se ha dado a conocer.
Las Escrituras presentan al único Dios verdadero, eterno, independiente y distinto de Su creación. Él es espíritu, santo, justo, amoroso y perfecto en todos Sus atributos. También revelan una verdad esencial de la fe cristiana: el único Dios existe eternamente como Padre, Hijo y Espíritu Santo. No son tres dioses ni tres manifestaciones temporales de una misma persona, sino tres personas realmente distintas que poseen la única naturaleza divina.
Este Dios es el Creador de todas las cosas. El universo existe por Su voluntad y permanece sostenido por Su poder. Pero Su relación con la humanidad no se limita a la creación y al sostenimiento de la vida.
Dios ha tomado la iniciativa de salvar: ¿Cómo es Dios?
Las Escrituras anuncian que Dios ha actuado para reconciliar consigo mismo a los pecadores mediante Jesucristo. Aquí encontramos una de las verdades más importantes de nuestro estudio: el Dios que se ha revelado es también el Dios que ha tomado la iniciativa de salvar.
Por tanto, conocer a Dios no significa simplemente reconocer Su existencia o acumular información acerca de Sus atributos. El conocimiento salvador de Dios está inseparablemente relacionado con Jesucristo, el Hijo eterno que se hizo hombre, murió por nuestros pecados y resucitó.
La respuesta humana a esta buena noticia no consiste en intentar merecer la aceptación divina mediante esfuerzos religiosos o buenas obras. El Evangelio nos llama al arrepentimiento y a la fe en Jesucristo. La salvación procede de la gracia de Dios, y la vida transformada del creyente manifiesta progresivamente los frutos de esa gracia.
Nuestra respuesta al Dios que se ha revelado
Por eso, conocer verdaderamente a Dios también nos conduce a la adoración, a la obediencia y al crecimiento continuo en el conocimiento de Su Palabra. No podemos comprender exhaustivamente al Dios infinito. Pero sí podemos conocerlo verdaderamente porque Él ha querido revelarse.
El Dios verdadero no es una construcción de la imaginación humana. Es el Dios que se ha revelado en las Escrituras y que nos llama a conocerlo por medio de Jesucristo.
Esta verdad nos invita a examinar no solamente lo que sabemos acerca de Dios, sino también nuestra respuesta a lo que Él ha dado a conocer. ¿Conocemos únicamente afirmaciones acerca de Dios o hemos respondido con fe al Evangelio de Jesucristo? ¿Cómo es Dios realmente?
Transición al Artículo 3
Y este conocimiento nos conduce a una pregunta fundamental. Las Escrituras afirman que existe un solo Dios verdadero. Sin embargo, también revelan al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo como personas distintas, cada una plenamente divina. ¿Cómo debemos comprender estas afirmaciones sin negar la unidad de Dios ni confundir a las tres personas divinas?
¿Creen los cristianos en un solo Dios o en tres dioses?
En nuestro próximo artículo examinaremos esta pregunta a la luz de las Escrituras:
Artículo 03 — ¿Qué es la Trinidad?