EL PROFETA EN EL ANTIGUO TESTAMENTO
Identidad, llamado y función
PROFETAS MENORES
ARTÍCULO 2
El profeta en el Antiguo Testamento
I. Introducción
Cuando actualmente se escucha la palabra profeta, es frecuente asociarla inmediatamente con alguien capaz de anunciar acontecimientos futuros. Esta idea no es completamente ajena a la Biblia, pues determinados mensajes proféticos contienen anuncios acerca de acontecimientos que todavía no habían sucedido cuando fueron proclamados.
Sin embargo, reducir la función del profeta bíblico a predecir el futuro produce una comprensión incompleta de su ministerio.
Los profetas anunciaron acontecimientos futuros cuando Dios así lo reveló, pero también confrontaron el pecado, llamaron al arrepentimiento, denunciaron la idolatría y la injusticia, recordaron al pueblo sus responsabilidades delante de Dios, anunciaron juicio, comunicaron esperanza y explicaron acontecimientos históricos desde la perspectiva de la revelación divina. Por esta razón, antes de estudiar individualmente a los Profetas Menores debemos responder una pregunta fundamental:
¿Qué era realmente un profeta de Dios según el propio testimonio de las Escrituras?
Para responderla no comenzaremos imponiendo sobre la Biblia una definición previamente elaborada. Examinaremos diversos textos del Antiguo Testamento y permitiremos que estos proporcionen los elementos necesarios para construir progresivamente nuestra comprensión.
Principio orientador
Para comprender el mensaje de los Profetas Menores, primero debemos comprender la historia en la cual Dios levantó a esos profetas.
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II. El profeta como portavoz
Uno de los textos más importantes para comenzar nuestra investigación aparece antes del establecimiento formal del ministerio profético en Israel. Cuando Dios llamó a Moisés para regresar a Egipto, este presentó una objeción:
- «Por favor, Señor, nunca he sido hombre elocuente. Ni ayer ni en tiempos pasados, ni aun después de que has hablado a Tu siervo; porque soy tardo en el habla y torpe de lengua».
— Éxodo 4:10.
Dios respondió que Él estaría con su boca y le enseñaría lo que debía decir. Sin embargo, ante la insistencia de Moisés, Aarón fue designado para ayudarlo. La explicación divina acerca de la relación entre ambos resulta particularmente significativa:
- «15 Y tú le hablarás, y pondrás las palabras en su boca. Yo estaré con tu boca y con su boca y les enseñaré lo que tienen que hacer. 16 Además, Aarón hablará por ti al pueblo. Él te servirá como boca y tú serás para él como Dios».
— Éxodo 4:15-16.
Posteriormente encontramos una expresión todavía más llamativa:
- «Entonces el Señor dijo a Moisés: «Mira, Yo te hago como Dios para Faraón, y tu hermano Aarón será tu profeta».
— Éxodo 7:1.
Moisés recibiría y comunicaría las instrucciones divinas, mientras Aarón actuaría como su portavoz delante de Faraón, comunicando aquello que Moisés le transmitiera. La comparación ayuda a comprender una dimensión esencial del concepto profético: el profeta funciona como portavoz.
Su autoridad no procede fundamentalmente de su capacidad oratoria, personalidad, preparación intelectual o habilidad para anticipar acontecimientos. La cuestión fundamental es otra: ¿De quién procede el mensaje que comunica?
CLAVE HERMENÉUTICA
Éxodo 4 y 7 no constituyen por sí solos una definición completa de todo el ministerio profético del Antiguo Testamento.
Sin embargo, proporcionan una relación conceptual sumamente importante: el profeta comunica un mensaje recibido de otro.
Esta observación deberá ser confirmada y ampliada por otros textos.
III. El profeta en el Antiguo Testamento: Dios pones Sus palabras en boca del profeta
Deuteronomio desarrolla todavía más esta realidad. Moisés anuncia:
- «Un profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo, te levantará el SEÑOR tu Dios; a él oirán».
— Deuteronomio 18:15.
Posteriormente Dios declara:
- «… y pondré Mis palabras en su boca, y él les hablará todo lo que Yo le mande».
— Deuteronomio 18:18.
Aquí aparecen varios elementos fundamentales: el profeta es levantado por Dios; recibe palabras procedentes de Dios y debe comunicar lo que Dios le manda. Por tanto, el ministerio profético bíblico no consiste principalmente en expresar reflexiones religiosas personales acerca de Dios. El profeta habla porque previamente Dios ha hablado.
Podemos expresar esta relación mediante una secuencia sencilla:
Dios revela → el profeta recibe → el profeta comunica.
Esto permite establecer un primer principio:
PRINCIPIO PROFÉTICO 1
La autoridad del verdadero profeta no reside en sí mismo, sino en Dios, quien lo llama y le comunica Su palabra.
IV. El profeta no posee autoridad para hablar por iniciativa propia
El mismo pasaje de Deuteronomio introduce inmediatamente una advertencia.
No toda persona que afirmara hablar en nombre de Dios debía ser aceptada como verdadero profeta.
Dios advierte acerca del profeta que presumiera hablar en Su nombre algo que Él no hubiera mandado decir (Deuteronomio 18:20).
Esto establece una diferencia decisiva entre: hablar acerca de Dios y hablar de parte de Dios.
Una persona podía tener pensamientos religiosos, opiniones, interpretaciones o convicciones personales. Pero ninguna de estas cosas convertía automáticamente sus palabras en revelación divina. El profeta verdadero estaba sometido al mensaje recibido.
Esto significa que la fórmula profética «Así dice el SEÑOR» no constituía simplemente una manera solemne de introducir un discurso. Expresaba una afirmación extraordinariamente seria: el mensajero declaraba estar comunicando palabra procedente de Dios.
Precisamente por esa razón, atribuir falsamente palabras a Dios constituía una ofensa grave.
V. El profeta es llamado por Dios
La Escritura tampoco presenta el ministerio profético como una profesión que una persona pudiera asumir simplemente porque deseara hacerlo. El llamado pertenecía a Dios.
Jeremías constituye un ejemplo particularmente claro. Dios le declara:
- «Antes que Yo te formara en el seno materno, te conocí,
Y antes que nacieras, te consagré;
Te puse por profeta a las naciones».
— Jeremías 1:5.
Jeremías respondió señalando su juventud y su incapacidad para hablar adecuadamente. La respuesta divina vuelve a dirigir la atención hacia el origen de su ministerio:
- «Pero el SEÑOR me dijo:
«No digas: “Soy joven”,
Porque adondequiera que te envíe, irás,
Y todo lo que te mande, dirás».
— Jeremías 1:7 — Énfasis añadido.
Después, Jeremías registra:
- «Entonces el SEÑOR extendió Su mano y tocó mi boca. Y el SEÑOR me dijo: «Yo he puesto Mis palabras en tu boca».
— Jeremías 1:9.
Encontramos nuevamente los elementos observados anteriormente: Dios llama, envía y proporciona el mensaje. El profeta habla. La iniciativa comienza con Dios, no con el profeta.
VI. El profeta en el Antiguo Testamento: es enviado a destinatarios concretos
El llamado profético incluía frecuentemente una comisión. El profeta no recibía simplemente información divina para su conocimiento privado. Era enviado a comunicarla.
Ezequiel proporciona un ejemplo particularmente gráfico. Dios le dice:
- «Entonces me dijo: «Hijo de hombre, Yo te envío a los israelitas, a una nación de rebeldes que se ha rebelado contra Mí; ellos y sus padres se han levantado contra Mí hasta este mismo día».
— Ezequiel 2:3.
Y posteriormente:
- «Les hablarás Mis palabras, escuchen o dejen de escuchar, porque son rebeldes».
— Ezequiel 2:7.
Aquí aparece otro aspecto fundamental. El éxito del profeta no podía medirse exclusivamente por la reacción favorable de sus oyentes. El pueblo podía escuchar o podía rechazar. Pero el profeta debía comunicar fielmente el mensaje recibido. Esto nos permite establecer otro principio:
PRINCIPIO PROFÉTICO 2
La responsabilidad fundamental del profeta era la fidelidad al mensaje recibido, no garantizar una respuesta favorable de sus oyentes.
Este principio será particularmente importante cuando estudiemos a los Profetas Menores. Algunos proclamaron mensajes profundamente incómodos para sus contemporáneos.
VII. El profeta confronta el pecado
Una parte considerable del ministerio profético estuvo relacionada con la condición espiritual y moral del pueblo. Dios declara acerca de Israel:
- «El SEÑOR amonestaba a Israel y a Judá por medio de todos Sus profetas y de todo vidente, diciendo: «Vuélvanse de sus malos caminos y guarden Mis mandamientos, Mis estatutos conforme a toda la ley que ordené a sus padres y que les envié por medio de Mis siervos los profetas».
— 2 Reyes 17:13.
Obsérvese el contenido. Los profetas estaban llamando al pueblo a volverse de sus malos caminos. Esto significa que una parte fundamental de su ministerio consistía en confrontar la conducta del pueblo a la luz de lo que Dios ya había revelado.
Aquí encontramos una conexión directa con nuestro artículo anterior.
Los profetas aparecen después de que Dios había establecido Su relación pactual con Israel y había comunicado Sus mandamientos. Por eso muchas denuncias proféticas deben comprenderse dentro de ese marco. El profeta no llegaba necesariamente con una nueva norma moral cada vez que hablaba. Con frecuencia confrontaba al pueblo porque este estaba quebrantando lo que Dios ya había ordenado.
VIII. El profeta en el Antiguo Testamento: llama al arrepentimiento
La denuncia profética no tenía como único propósito señalar culpables. Frecuentemente estaba acompañada por un llamado a volver a Dios. Esta característica será especialmente visible cuando estudiemos a los Profetas Menores.
La secuencia aparece repetidamente:
pecado → confrontación → llamado al arrepentimiento → advertencia de juicio.
En determinados contextos también encontraremos:
arrepentimiento → misericordia / restauración.
Por tanto, el profeta no debe imaginarse simplemente como una figura permanentemente dedicada a pronunciar condenación. Su mensaje también podía constituir una manifestación de la paciencia divina. Dios advertía antes del juicio. Llamaba antes de ejecutar determinadas consecuencias anunciadas. Invitaba al pueblo a abandonar sus caminos pecaminosos. Esta dimensión será particularmente importante para comprender libros como Joel, Jonás, Amós y Sofonías.
IX. El profeta anuncia juicio
Cuando el pecado persistía, los profetas podían anunciar las consecuencias del juicio divino. Aquí encontramos precisamente uno de los lugares donde el elemento predictivo adquiere relevancia. Un profeta podía anunciar un acontecimiento que todavía no había sucedido: una invasión, la caída de una ciudad, el juicio sobre una nación, el exilio, o determinados acontecimientos futuros relacionados con los propósitos de Dios.
Por tanto, la predicción forma parte auténtica del fenómeno profético bíblico. El error aparece cuando convertimos esa parte en la definición completa. Podemos expresarlo así:
El profeta podía anunciar el futuro, pero ser profeta no significaba simplemente predecir el futuro.
Cuando anunciaba acontecimientos venideros, tampoco actuaba como adivino que intentaba descubrir lo desconocido. Comunicaba aquello que Dios había decidido revelar.
X. El profeta en el Antiguo Testamento también proclama esperanza
El mensaje profético tampoco termina en juicio. Los libros proféticos contienen extraordinarias promesas de restauración, perdón, regreso, renovación, reino y esperanza.
En determinados textos, el horizonte profético se extiende incluso hacia acontecimientos relacionados con el Mesías y con los propósitos redentores de Dios. Esto significa que en el ministerio profético encontramos una tensión que debemos aprender a reconocer: pecado y gracia; juicio y esperanza; disciplina y restauración; infidelidad humana y fidelidad divina.
Reducir los profetas exclusivamente a mensajes de destrucción sería tan incompleto como reducirlos exclusivamente a predicciones futuras.
XI. El profeta interpreta la historia desde la perspectiva divina
Existe otra dimensión particularmente importante. Los profetas no solamente anunciaban acontecimientos. También proporcionaban la interpretación teológica de acontecimientos que el pueblo estaba experimentando. Una invasión militar podía ser observada simplemente como un conflicto geopolítico. O una derrota podía explicarse solamente mediante estrategias militares. Una crisis económica podía analizarse exclusivamente desde sus causas sociales.
Pero el profeta podía revelar dimensiones de esos acontecimientos que los observadores humanos no podían conocer por sí mismos. Esto no significa que toda explicación profética ignorara las causas históricas ordinarias. Significa que, cuando Dios lo revelaba, el profeta podía mostrar cómo determinado acontecimiento debía entenderse dentro de los propósitos y juicios divinos.
Este aspecto será indispensable para comprender a los Profetas Menores, porque Asiria, Babilonia, Edom, Nínive y otras realidades históricas aparecen dentro de un marco teológico.
XII. El profeta verdadero y el falso profeta
La existencia de verdaderos profetas produjo inevitablemente una pregunta: ¿Qué sucede cuando alguien afirma hablar de parte de Dios sin haber sido enviado por Él?
Jeremías 23 proporciona una de las denuncias más contundentes. Dios habla acerca de profetas que comunicaban visiones procedentes de su propia imaginación y no de Su boca (Jeremías 23:16). Después plantea una pregunta reveladora:
- «Pero ¿quién ha estado en el consejo del SEÑOR,
Y vio y oyó Su palabra?
¿Quién ha prestado atención a Su palabra y la ha escuchado?».
— Jeremías 23:18.
Y posteriormente declara:
- «Pero si ellos hubieran estado en Mi consejo, Habrían hecho oír Mis palabras a Mi pueblo, Y lo habrían hecho volver de su mal camino Y de la maldad de sus obras».
— Jeremías 23:22.
La diferencia no era simplemente que unos comunicaban mensajes negativos y otros mensajes positivos. La cuestión fundamental era: ¿Quién los había enviado? ¿De dónde procedía su mensaje?
Jeremías registra, además:
- «Yo no envié a esos profetas, pero ellos corrieron; no les hablé, pero ellos profetizaron».
— Jeremías 23:21.
Esto establece una advertencia hermenéutica y doctrinal de enorme importancia.
ADVERTENCIA TEOLÓGICA
La sinceridad de una persona, su entusiasmo religioso o incluso su afirmación de hablar en nombre de Dios no constituyen por sí mismos evidencia de que Dios le haya hablado.
En el mundo bíblico existieron personas que afirmaron poseer palabra divina cuando Dios no las había enviado.
Por tanto, las afirmaciones proféticas debían ser sometidas a los criterios establecidos por la propia revelación de Dios.
Estos criterios no se reducían a un solo elemento y deberán examinarse en sus respectivos contextos. El cumplimiento de lo anunciado constituía uno de ellos (Deuteronomio 18:21-22), pero tampoco podía evaluarse una afirmación profética independientemente de su fidelidad al Dios que se había revelado a Israel (cf. Deuteronomio 13:1-5).
XIII. Profeta y vidente
Hasta aquí hemos examinado principalmente la identidad, el llamado, la función y el discernimiento del profeta. Antes de reunir estos elementos en una definición de trabajo, conviene considerar brevemente una cuestión terminológica: el Antiguo Testamento utiliza diferentes expresiones relacionadas con el fenómeno profético. Un texto especialmente interesante aparece en 1 Samuel:
- «Antiguamente en Israel, cuando uno iba a consultar a Dios, decía: “Vengan, vayamos al vidente”; porque al que hoy se le llama profeta, antes se le llamaba vidente».
— 1 Samuel 9:9.
El texto muestra que existió una relación terminológica entre vidente y profeta, aunque esto no significa necesariamente que todos los términos utilizados en el Antiguo Testamento sean idénticos en cada contexto.
Más adelante podremos profundizar en las palabras hebreas relacionadas con el ministerio profético, especialmente (nābîʾ) נָבִיא, habitualmente traducida como «profeta».
Por ahora resulta suficiente reconocer que el propio Antiguo Testamento presenta diferentes expresiones relacionadas con quienes recibían y comunicaban revelación divina.
XIV. El profeta y la Palabra del Señor
Samuel proporciona otro ejemplo importante. Después de describir el llamado del joven Samuel, el texto declara:
- «Samuel creció, y el SEÑOR estaba con él; no dejó sin cumplimiento ninguna de sus palabras».
— 1 Samuel 3:19.
Y añade:
- «Todo Israel, desde Dan hasta Beerseba, supo que Samuel estaba confirmado como profeta del SEÑOR».
— 1 Samuel 3:20.
Finalmente:
- «Y el SEÑOR se volvió a aparecer en Silo. Porque el SEÑOR se revelaba a Samuel en Silo por la palabra del SEÑOR».
— 1 Samuel 3:21.
Una vez más, el centro del ministerio no está en la capacidad natural de Samuel. Está en la palabra del Señor.
XV. El profeta en el Antiguo Testamento: ¿Era entonces alguien que predecía el futuro?
Ahora podemos regresar a nuestra pregunta inicial. La respuesta requiere equilibrio. Sí, los profetas bíblicos podían anunciar acontecimientos futuros cuando Dios se los revelaba.
Deuteronomio 18 reconoce explícitamente esta realidad al considerar el cumplimiento de lo anunciado dentro de la evaluación de determinadas afirmaciones proféticas. Pero no, la predicción del futuro no constituye una definición suficiente del profeta bíblico. Los textos examinados muestran un ministerio mucho más amplio. El profeta podía:
- comunicar la palabra recibida de Dios;
- confrontar el pecado;
- llamar al arrepentimiento;
- recordar las exigencias divinas;
- denunciar idolatría e injusticia;
- advertir acerca del juicio;
- anunciar acontecimientos futuros;
- proclamar esperanza y restauración;
- interpretar determinados acontecimientos desde la perspectiva revelada por Dios.
Por tanto, la predicción es una posible función dentro del ministerio profético, no la esencia que por sí sola define al profeta.
XVI. Una definición bíblica de trabajo
Después de examinar estos textos ya podemos proponer una definición que acompañará nuestro estudio.
Definición de trabajo
El profeta bíblico es una persona llamada, comisionada y capacitada por Dios para recibir y comunicar fielmente Su palabra a los destinatarios señalados por Él. Su ministerio podía incluir confrontación del pecado, llamado al arrepentimiento, proclamación de juicio y esperanza, interpretación revelada de acontecimientos y, cuando Dios así lo determinaba, anuncio de acontecimientos futuros.
Esta definición deberá permanecer sometida al testimonio completo de las Escrituras y podrá ser afinada a medida que avancemos. Pero ya nos permite corregir la concepción con la cual comenzamos. Podemos resumirlo mediante una expresión pedagógica:
El profeta no era principalmente alguien que hablaba del futuro; era alguien que hablaba de parte de Dios.
La segunda afirmación contiene la realidad más amplia. Y precisamente porque hablaba de parte de Dios, en determinadas ocasiones también hablaba acerca del futuro.
CLAVE DOCTRINAL
La autoridad del mensaje profético verdadero procede de Dios.
El profeta no transforma sus pensamientos personales en palabra divina mediante una fórmula religiosa. Es Dios quien toma la iniciativa: llama, revela, envía y determina aquello que debe comunicarse.
Esta distinción protege una verdad fundamental: la revelación pertenece a Dios; el profeta es el mensajero.
NOTA APOLOGÉTICA
Comprender correctamente al profeta del Antiguo Testamento proporciona además una base necesaria para evaluar afirmaciones religiosas posteriores.
Expresiones como «Dios me dijo», «Dios me reveló» o «tengo una palabra de Dios» constituyen afirmaciones extraordinariamente serias cuando pretenden atribuir directamente a Dios un mensaje.
Sin embargo, este artículo no tiene como propósito resolver todavía la cuestión contemporánea acerca de la profecía. Metodológicamente debemos proceder en el orden correcto: primero establecer qué presenta la Escritura como fenómeno profético; posteriormente evaluar otras afirmaciones a la luz de ese patrón bíblico.
De esta manera evitamos construir nuestra doctrina como reacción a movimientos contemporáneos y permitimos que sea la Escritura la que proporcione primero las categorías de análisis.
PRINCIPIO HERMENÉUTICO
La función de un profeta debe definirse a partir del testimonio bíblico completo y no únicamente a partir de aquellos textos donde anuncia acontecimientos futuros.
Una definición construida solamente sobre el elemento predictivo seleccionaría una parte verdadera del fenómeno profético y la convertiría incorrectamente en el todo. El contexto completo proporciona una imagen mucho más amplia.
XX. Conclusión de «El profeta en el Antiguo Testamento»
El profeta del Antiguo Testamento era, fundamentalmente, un mensajero llamado y enviado por Dios. No poseía autoridad autónoma para convertir sus opiniones en revelación. Debía comunicar aquello que había recibido.
Por esa razón, los profetas confrontaron reyes, sacerdotes, pueblos y naciones; denunciaron pecado e injusticia; llamaron al arrepentimiento; anunciaron juicio; proclamaron esperanza y, cuando Dios así lo reveló, anunciaron acontecimientos que todavía pertenecían al futuro.
Esta comprensión cambia la manera de acercarnos a los Profetas Menores. Cuando abramos Oseas no preguntaremos solamente: «¿Qué acontecimientos futuros anunció?» Preguntaremos primero:
- ¿Quién lo llamó?
- ¿A quién fue enviado?
- ¿Qué estaba sucediendo?
- ¿Cuál palabra debía comunicar?
- ¿Qué pecado confrontó?
- ¿Qué reveló su mensaje acerca de Dios?
- ¿Qué juicio o esperanza proclamó?
Y solamente entonces podremos comprender adecuadamente aquello que anunció acerca del futuro.
Antes de comenzar con Oseas, sin embargo, queda una cuestión indispensable. Ahora sabemos qué era un profeta, pero necesitamos conocer el mundo histórico en el que ministraron los Doce.
Asiria se levantará como potencia. Israel y Judá enfrentarán profundas crisis. Samaria caerá. Jerusalén será destruida. Babilonia llevará a Judá al exilio. Persia aparecerá posteriormente en el escenario y una comunidad regresará a Jerusalén.
Esos acontecimientos no serán simplemente el fondo decorativo de los Profetas Menores. Serán parte del mundo al cual Dios dirigió Su palabra por medio de ellos.
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